La nostalgia de una familia.


Recuerdo que nuestro Papa emérito Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, al inicio del año 2007, al afirmar la dignidad de la persona humana, declaró que cada quien "está llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor, que ningún otro le puede dar en su lugar". De esta vocación se desprende para cada uno la tarea de "hacer madurar en nosotros mismos la capacidad de amar y de hacer progresar el mundo, renovándolo en la justicia y en la paz" (ambas citas son del # 2).

Y me atrevo a decir que esto solamente se aprende en la familia, pues es precisamente en este núcleo de la sociedad donde conocemos lo que significa nuestra vocación humana y cómo responder mejor a este llamado de Dios.

Aceptamos también que la familia es un valor fundamental del que dependen la identidad y el futuro de las personas y de la comunidad social en la que nos desarrollamos. Y quiero recalcar que es solamente en la familia, fundada sobre la unión estable de un hombre y una mujer, respetada así por la ley civil, y abierta, como Dios lo diseñó en su amor creativo, a un orden de generación natural, donde los hijos puedan nacer y  crecer en una comunidad de amor y de vida, siendo así la base natural, maravillosa y perfecta para que los hijos reciban una buena educación, humana, moral y espiritual.

Sin embargo, no solamente el concepto de familia, sino su realidad fundamental, civil y religiosa, está en grave crisis. Hay una disminución de matrimonios, por el sueño de la libertad y del desarrollo personal profesional, sin que estorbe un contrato o un sacramento. Esto hace que también exista una disminución en el número de hijos y así la demografía de los países en desarrollo se ve muy afectada. Poco a poco va desapareciendo la realidad de los "hermanos" porque basta, si acaso, con un hijo, y esto, por supuesto que afecta el bienestar del futuro de nuestra sociedad, ya que sabemos que los niños son el futuro maravilloso de cualquier país.

Esto nos lleva a sentir nostalgia de lo que significa una verdadera familia, puesto que sin una relación estable de un papá con una mamá, sin una experiencia real de vivencia fraternal, relación de hermanos, crecen las dificultades para elaborar una auténtica identidad personal y madurar un adecuado proyecto de vida, abierto a la solidaridad y a la realización plena de todos nuestros anhelos.

Ayudemos a los niños y a los jóvenes a descubrir el sentido real de una familia y así estaremos ayudando a construir nuestro futuro, porque lo que es bueno para la familia, es bueno para la sociedad y es excelente para nuestro país.

Por eso, creo yo que a partir de estos fundamentos antropológicos debemos defender la familia, fundada sobre los designios de Dios en el matrimonio entre un hombre y una mujer, y que esta sea la tarea primaria de la política y de los legisladores, para que busquen un proyecto orgánico en bien de todas las familias de nuestro querido México.

Las experiencias de convivencia social, de relación de parejas de un mismo sexo, que sabemos atentan contra la realidad natural de la familia, deben, en todo caso, quedarse en un ámbito privado y no tienen por qué buscar un reconocimiento político público, que nos está llevando a "modelos familiares" que, en lugar de hacernos progresar como sociedad, ataca fuertemente lo que significa los valores de "paternidad, maternidad, filiación y fraternidad".

Como ciudadanos aceptemos el deber que tenemos de gastarnos por la  promoción de la familia y sus valores humanos naturales, que constituyen su bien fundamental.

Como cristianos reafirmemos nuestra respuesta vocacional a trabajar por el bien de nuestro país en la solidificación del designio amoroso de Dios bajo la célula maravillosa de cada una de nuestras familias.


Que Dios te bendiga a ti y a tu familia y que la Virgen los guíe hoy y siempre.


  Padre José Antonio